Reivindico la política

En la antigua Grecia se conocía como ‘idiotas'(ἰδιώτης), a aquellos que no participaban en la vida pública y vivían ensimismados en su propia intimidad, sin preocuparse de los asuntos que nos afectan a todos. Muchos pensadores han usado este recurso para reivindicar la política, como Fernando Savater, que recuerda a aquellos que se desinteresan de la política, y de la elección de los representantes, es decir: de las elecciones, al tiempo que sí les preocupa, como es obvio, cómo son atendidos en los hospitales, qué educación reciben sus hijos, o qué seguridad presenta el barrio donde habitan.

A ninguno se nos escapa que a la hora de comprar, por ejemplo, un coche, o una casa, no solemos comprar el primer coche que encontramos al entrar en un concesionario, sino que es habitual que visitemos más de uno, y que además, probemos en cada uno de ellos aquellos que más se adaptan a lo que estamos buscando, es decir, según nuestros usos y necesidades escogeríamos un vehículo de determinadas características técnicas y estéticas, por qué no. Nadie responsable compraría un vehículo sin conocer si es diésel o gasolina, o el número de asientos que tiene, por muy bella que nos parezca la silueta del automóvil.

Puesto que nos jugamos la vida en la carretera cada vez que circulamos por ellas, lo normal es que si el bolsillo lo permite, también se opte por vehículos que dispongan de buenos sistemas de seguridad ante accidentes, y mucho más si usamos el coche para viajar con pequeños, a los cuales tenemos que adaptar en sillitas especiales según edad y estatura.

A la hora de escoger a nuestros representantes, de votarlos, escogemos a las personas (y a los partidos, según el sistema electoral actual) que decidirán, tal y como Savater explicaba en la cita que expuse al comienzo, cómo se nos atenderá en los hospitales, con qué medios, con qué personal y qué formación tendrá y un largo etcétera. Asuntos, desde luego que afectan a algo tan elemental como es nuestra salud. No creo necesario tener que extender la explicación en torno a qué otras circunstancias de carácter económico, laboral, social, educativo, cultural, etc., dependen de aquellos representantes que escogemos entre todos.

Por otro lado tampoco conozco a nadie que acuda a un concesionario a comprar un coche habiendo sido engañado, estafado, o sencillamente mal atendido, por ese mismo establecimiento poco tiempo atrás, como tampoco conozco a quien de forma responsable compre un vehículo con mala fama o alto índice de siniestrabilidad. O por último, lo compre aún hecho con piezas de segunda mano, de desguace, de vehículos en su mayoría siniestrado, a precio de nuevo, por muy atractiva que sea su carrocería exterior.

Es por todo ello que entra en mi función política la reivindicación de la misma, de su ejercicio, de su presencia en todos los ámbitos de la vida pública y en cada rincón de nuestra sociedad. Entiéndaseme, me refiero a la política como ejercicio de entendimiento y resolución de problemas, no como mera actividad de partidos. Y en esa función política que hoy desarrollo como cargo municipal también cabe espolear a la sociedad y alertarla con objeto de decidir el voto de forma responsable y concienzuda, como si se comprara un vehículo u otro objeto de valor, ¿O no es de valor cómo nos afectarán las decisiones políticas durante 4 años?

Los tan desprestigiados programas electorales, por incumplidos, deben convertirse en los contratos que comprometan a los partidos con la ciudadanía, y deben vincular el proyecto político posterior. Y deben, también, ser importantes herramientas a escrutar por el votante, de cara a descartar, y también seleccionar, aquello que se busca y que desea para su propia vida. También el trabajo, la trayectoria, debe valorarse, como también el perfil personal de cada candidato. La honradez, la honestidad, los valores éticos, deben también ser cuestiones que se consideren eliminatorias en la elección de representantes, así como la coherencia de las formaciones políticas que los representan.

Sólo de este modo, participando activamente en la elección crítica de los representantes tendremos una clase política capacitada y debidamente comprometida. Si votamos, como idiotas, desentendiéndonos de una elección razonada, o no participamos en esa elección, corremos el riesgo de que llegue a decidir por nosotros la mayor mediocridad en el mejor de los casos, o bandas organizadas de cuatreros sin escrúpulos en el peor de ellos, como por otro lado, ya va conociendo este país en algunos puntos de su geografía.

Una Murcia moderna y sin miedo

En ocasiones la actualidad y el día a día nos hace centrarnos en cuestiones concretas, como el tráfico, los presupuestos, un hecho concreto, etc. y perdemos la perspectiva de la situación municipal. Pero no quiero dejar pasar la oportunidad de señalar nuestro diagnóstico sobre una cuestión fundamental en la política: la relación de las instituciones con sus representados, las relaciones humanas. Y precisamente esta cuestión requiere una importante revisión que permita eliminar actitudes y mecanismos que ha implantado el Partido Popular enormemente nocivos para esta sociedad murciana. Y creemos que esto no ha sido nunca lo suficientemente denunciado.
Queremos gobernar, y alcanzar la alcaldía porque queremos una ciudad donde se pueda hablar libremente de política, del voto, de las ideas, y no mirando de reojo, con cautela. ¿A que nadie imagina una ciudad europea moderna en la que sus habitantes temen ser señalados por sus ideas?
Queremos unas ayudas a quien lo necesita, y no a quien da más votos, a quien más beneficio partidista da. El ayuntamiento debe priorizar, no penalizar a unos y beneficiar a otros. Quiero una ciudad moderna, justa, que reparta oportunidades, y no pasteles de carne.
Una ciudad moderna, no rancia y con tufo a alcanfor. Este ayuntamiento mantiene a Murcia en un largo letargo provinciano y decimonónico. Quiero un ayuntamiento que genere confianza y no miedo. Ese es un mérito de este consistorio: infundir temor al que no comulga, al que discrepa. Sorprende la cantidad de gente que teme reivindicar asuntos justos y legítimos por miedo a represalias, a ser señalado, a que su nombre forme parte de las listas negras de pedáneos y concejales. Muchos funcionarios no quieren hablar, muchos vecinos no quieren que nos veamos en el despacho municipal. Asociaciones que no quieren hablar de la situación de un sector por miedo a perder ayudas. Esto existe en este municipio.  En Murcia no se habla de política porque trae problemas, y eso es intolerable. Con piel de cordero el PP ha instalado en muchos sectores y ámbitos de nuestro municipio prácticas más propias de repúblicas bananeras que de una democracia consolidada.
La gente no entra en política por el descrédito de sus responsables, de acuerdo, pero también porque entrar en política trae problemas. Vaya mérito de este gobierno.
Queremos una cultura y unas fiestas atractivas y de todos, no de unos pocos. Aquí se priman determinados festejos. Se invierte MUCHO en fiestas, en petardos y tracas, y poco en cultura de verdad. Pero claro… eso da votos. Hay que reordenar la asignación de presupuestos a las Juntas.
Unas pedanías transparentes y modernas, no feudales. No hay derecho a que muchos pedáneos actúen como sheriffs y no como servidores públicos, para ayudar, servir. El pedáneo es el representante del ayuntamiento en cada pedanía, no un comisario político más cercano a la Rusia comunista o a la España de los 50. Hay lugares de este municipio donde el PP es el Partido de Palermo. ¿Es aceptable que se acometan arreglos o inversiones en pedanías en las calles o tramos que favorecen al amigo o al votante? ¿Es correcto que puedan acometer obras o reparaciones sin dar cuenta y justificación previa?
Al final los murcianos no queremos una revolución que lo ponga todo patas arriba o dinamite el sistema. Los murcianos queremos trabajar y tener prosperidad y tiempo libre para disfrutar de nuestra familia, amigos, y nuestro clima. Algunos han instalado el salario del miedo, silenciando funcionarios, han generado el feudalismo en las pedanías, han cavado zanjas en cada pueblo, en cada barrio, zanjas que indicaban que a un lado estaban los suyos, y al otro los contrarios. El PP ha convertido el ayuntamiento, la casa de todos, en la casa del PP, la política de amiguetes, caciquil y autoritaria.

Por eso ha llegado el momento de cambiar esto de una vez, tras 20 años de gobierno popular, y un gobierno socialista anterior que aplicaba recetas similares de autoritarismo. Es la hora de hacerlo bien.

El falso examen de las elecciones

Es inevitable que en las noches electorales se observen distintas escenas en función de cada partido político. Los hay que festejan los éxitos con aplausos, vítores y champán, y los que lamentan el mal resultado obtenido, pasando por los que apelan siempre a la prudencia y la mesura en claro síntoma de no saber muy bien cómo valorar el porcentaje de voto obtenido.

Es muy fácil caer en el error de establecer un paralelismo entre la prueba de la votación, y la realización de un examen por parte de un estudiante. Generalmente aquel que realiza los deberes, estudia con regularidad, y acude preparado al control suele obtener una buena puntuación salvo excepciones. En todo caso aquel que no prepara el examen y acude a probar suerte sin más tiene todas las papeletas para obtener un pésimo resultado. Digo que es fácil caer en establecer este paralelismo porque aquellos que acuden a la cita de las urnas con los deberes hechos suelen obtener resultados positivos, pero ¿Es siempre esto así? Para nada, o al menos eso creo yo, y me explico.

El resultado de unas elecciones depende de algo tan sencillo como la voluntad de un grupo de ciudadanos de elegir a determinados representantes, y en función a esa voluntad traducida en votos, produce un resultado más o menos condicionado por las fórmulas matemáticas aplicables según la ley electoral correspondiente. Pero ¿Quiere decir eso que aquel partido que más votos ha obtenido ha hecho “mejores deberes”? Pues todo parece que sí siempre y cuando entendamos que los deberes consisten en convencer del voto.

Esa misión de convencer puede basarse en buenas o malas prácticas, pues es bien conocido el ejemplo de alcaldes o presidentes que han obtenido un buen resultado sobre la base de promesas incumplidas posteriormente, o directamente mentiras. ¿Habrá hecho ese político, o su partido, los deberes bien hechos si, por ejemplo, ha obtenido una mayoría absoluta, pero a base de mentir o prometer lo imposible? Es posible que sí haya manejado con habilidad y con conocimiento las técnicas de seducción, convicción, y marketing político, pero sin duda no habrá cumplido con el fin de la política en sí mismo, que es el de participar en los asuntos públicos para mejorar una comunidad de personas.

Por tanto podemos afirmar que aquel que obtiene más votos ha sido el más hábil convenciendo a la gente, aunque también debamos tener en cuenta los medios con los que ha dispuesto: económicos, de militancia, de presencia en medios de comunicación, etc., por lo que tampoco en este sentido es correcto establecer el paralelismo con el examen, pues es como si distintos estudiantes optaran a aprobar el mismo examen disponiendo de distintos minutos para realizar la prueba, distintos manuales de estudio, y cosas por el estilo.

Puedo ahora entrar a la cuestión de fondo. Somos, UPyD, un partido que surgió en un momento muy determinado, adelantándose a una crisis de carácter económico, político e institucional, y argumentando sólidamente las causas que nos empujaban a ella, ofreciendo al tiempo alternativas viables y necesarias. Esto implica no ser un partido que base su trabajo en promesas o pujas de carácter económico, sino que en ocasiones, en muchas ocasiones, el discurso de nuestra formación es incómodo por su realismo. No es cómodo que pidamos la fusión municipal de municipios pequeños en esos mismos municipios pequeños, o que propongamos la supresión de diputaciones en distintas provincias españolas, o la retirada de los privilegios fiscales vascos y navarros en esas mismas comunidades.

¿Debemos esperar, por tanto, que nuestro mensaje se traduzca en un crecimiento de votos similar al de formaciones que prometen, por ejemplo, rentas básicas universales, o el mantenimiento de privilegios nacionalistas en regiones concretas? Es evidente que no, por lo que la peculiaridad de nuestro mensaje y trabajo tiene como resultado inherente que las “noches electorales” precisen de análisis diferentes y sosegados, sin caer en el sencillo: hemos sacado muchos votos porque hemos hecho los deberes, o el opuesto: al no haber hecho bien el trabajo previo hemos fracasado.

El votante no valora, desgraciadamente, únicamente el trabajo, sino que el voto es el fruto de un proceso de carácter emocional, psicológico, más parecido al de una compra que al trabajo de un tribunal calificador.

A mí me produce cierta desazón que partidos sin trabajo previo, sin actividad política, sin presencia, y en definitiva, sin “deberes hechos”, puedan obtener resultados electorales importantes, como también me lo produce que mensajes populistas y simples calen en sectores de la población necesitados precisamente de esas propuestas, aunque sean éstas de imposible realización o de funestas consecuencias. Pero eso no debe hacernos cambiar nuestra forma de trabajar, ni debemos competir con esas herramientas.

En conclusión, debemos, como partidos y como políticos, analizar constantemente nuestro trabajo y método, tratando de mejorar para conseguir llegar a más gente y mejor, convenciendo con nuestro mensaje, pero sin dejar de ser fieles a nuestra forma de hacer política, honesta y leal, aunque eso suponga, para algunos “sacar malas notas” en los exámenes. En sus exámenes, claro.

Presentación de mi candidatura en las primarias de UPyD en Murcia

Hola, soy Rubén Juan Serna, actual portavoz de Unión Progreso y Democracia en el Ayuntamiento de Murcia, responsabilidad que he desempeñado durante los últimos tres años y medio.

Licenciado en Historia del Arte y en Periodismo, estoy habilitado como Guía Oficial de Turismo de la Región de Murcia bilingüe (inglés), poseo el Diploma de Estudios Avanzados en Didáctica de las Ciencias Sociales y soy profesor de Secundaria en la especialidad de Geografía e Historia.

Presento mi candidatura a la reelección como cabeza de lista al Ayuntamiento de Murcia, séptimo municipio de España por población, con el objetivo de continuar durante la próxima legislatura el trabajo emprendido en 2011, porque estoy seguro que Unión Progreso y Democracia será decisiva en las próximas elecciones municipales.

Esto es mérito de las propuestas y del trabajo de mi compañero durante este tiempo, José Antonio Sotomayor, y de todos aquellos que habéis
colaborado en mayor o menor medida con las iniciativas y difusión de nuestro grupo.

Sumado a vuestra ayuda, UPyD debe ser capaz de atajar de raíz los problemas que sufre el municipio, que provienen en gran medida de la forma de hacer política del gobierno municipal durante estos últimos 20 años de mayoría absoluta.

En 2015 podéis estar seguros que la pérdida de la mayoría absoluta del Partido Popular a nivel municipal, supondrá un escenario de cambio que no se producía en Murcia desde 1995 y una oportunidad única de regeneración social e institucional.

Esta situación me empuja aún más si cabe a seguir trabajando y preparándome para cumplir con la obligación que vosotros, los afiliados, y por extensión, todos los ciudadanos de Murcia, van a exigirme si cuento con vuestro apoyo para encabezar la lista de nuestro partido, y al conjunto del equipo que esté presente en el Ayuntamiento.

Desde aquí quiero hacer un llamamiento a todos vosotros para que os suméis a este proyecto clave para llevar a cabo las reformas políticas que necesitan con urgencia tanto el municipio como la Región de Murcia.

La confianza depositada por los ciudadanos en nosotros en las elecciones de 2011 debe servir de base para consolidar y culminar el crecimiento tanto cuantitativo como cualitativo de UPyD. Nacimos para cambiar la forma de hacer política, no para negociar sillones ni cargos, y eso es lo que haré si depositáis vuestra confianza y vuestro voto en mi candidatura.

Murcia precisa ahora de fuerzas políticas y líderes capaces de cambiar la situación desde la coherencia, la honradez y el trabajo. Estas tres virtudes han sido bandera de la labor de UPyD en el Ayuntamiento estos años y deben seguir siéndolo. Como todos sabéis, en UPyD somos lo que hacemos. Hemos conseguido, todos, hacer de UPyD una fuerza respetada y seria, tanto por los ciudadanos y la sociedad civil como por el resto de partidos y los medios de comunicación.

Esta reputación es el fruto del trabajo diario, de las propuestas, de las posiciones políticas, del diálogo conciliador y también de la firmeza cuando haya correspondido. Podemos decir con orgullo a toda la afiliación de nuestra localidad que nuestro partido ha logrado una buena consideración en la sociedad de la capital de la Región.

Un partido insobornable, eminentemente institucional y preparado para los retos del futuro. El tablero resultante de las próximas elecciones permitirá a UPyD ejercer un papel más influyente e incluso decisivo en la política municipal. Este nuevo horizonte precisa de políticas serias, profundas, sensatas, y alejadas del populismo fácil; honradas e íntegras, y blindadas ante las persuasiones y presiones externas. Somos incómodos por el trabajo realizado y por el que realizaremos en el futuro.

Esta candidatura que presento, y para la que os pido que renovéis vuestra confianza con vuestro voto, es garantía de estos valores y principios que he señalado. Sabéis que hemos cumplido y os hemos representado, y queremos seguir haciéndolo.

A propósito de los imputados

(Artículo publicado en el diario La Verdad el 20 de noviembre de 2014)

Existe una única diferencia entre aquellos que piensan que los imputados por delitos de corrupción deben apartarse de sus cargos públicos, y aquellos que apelan a la presunción de inocencia para mantenerse en ellos: el concepto que se tenga de servicio público.

La política debe entenderse como una actividad, una dedicación, y no como un empleo. Uno de los riesgos de ejercer un cargo público en la Administración es adaptarse a su funcionamiento, a sus características, en un nocivo proceso de ‘funcionarización’. Es decir, cuando el político entiende la función como puesto de trabajo, mimetizándose con el funcionario, asumiendo de manera inconsciente los modos, maneras y pensamiento de éste.

Para evitar esto, los políticos deberíamos repetirnos cada día, frente al espejo, para qué estamos en política y por qué, para tener muy presente que nuestra posición es pasajera, y que depende de la voluntad ciudadana y no de la nuestra.

Está claro que para reforzar la honestidad con la que debe hacerse ese ejercicio es conveniente, aunque no imprescindible, que el político no tenga una dependencia vital y económica con la remuneración obtenida en su cargo, porque de no ser así se agarrará al sillón que ocupa como medio de supervivencia primitivo. E igualmente se debe recelar de aquellos jóvenes que puentean el mercado laboral saltando con pértiga de la Universidad al cargo público, sin experiencia laboral alguna.

En el Antiguo Régimen, allí donde un estamento privilegiado gozaba de ventajas frente a un Tercer Estado de silentes trabajadores y parias, no cabía el pasar de un estamento a otro salvo accidentales ocasiones. El noble no dejaba de serlo, ni el campesino podía, al menos hasta la puesta en práctica de revolucionarias ideas ilustradas, formar parte de las decisiones públicas.

Hoy en día nuestra sociedad permite la participación en política de todos, lo cual es inseparable de que todo aquel que participa en ella también puede volver a la vida civil y “llana”. La negativa de muchos imputados en delitos de corrupción de apartarse temporalmente de sus funciones políticas denota el concepto de “clase” al que creen pertenecer una vez jurado el cargo, y ven indignante que se reclame desde una renovada sala del Juego de Pelota su dimisión.

Hay distintos grados de sospecha sobre un imputado: la investigación, la imputación, la apertura de juicio, la acusación y un largo etcétera. Sin ser jurista, pero sí político, la sospecha sobre un servidor público de haber actuado de forma ilegal, beneficiándose a sí mismo o a terceros, debe llevar aparejada la separación, voluntaria o preceptiva, hasta que sea aclarada la situación.

Sin necesidad de mencionar delitos ominosos contra la infancia, los ancianos, o determinados colectivos, todos entendemos necesario apartar al sospechoso del objeto del delito durante la sospecha. Salvemos las distancias, pero hagamos igual con nuestro dinero, nuestros servicios públicos, y no permitamos que lo maneje quien tenga sobre sí la duda. Presunción de inocencia siempre, pero desde fuera de las instituciones. El daño de mantener a un corrupto, de ser cierto el delito, es mayor que apartar discretamente a un servidor inocente.

En todas partes cuecen habas, pero no se cuecen igual

Recientemente el eurodiputado de UPyD, Francisco Sosa Wagner, realizó unas declaraciones en un tono correcto acerca de un manido debate, ya histórico, en relación a UPyD: la posible confluencia electoral y orgánica con el partido catalán Ciudadanos. Junto a esta referencia, Sosa señalaba la existencia de ciertas prácticas autoritarias dentro de la formación, sin especificar alguna. Sumándose a sus reflexiones, han surgido desde respetables y bienintencionados afiliados magentas y cargos públicos (con los que no estoy de acuerdo, pero a los que respeto), o tertulianos y columnistas, hasta frikis varios y buscavidas políticos. Pasando, por supuesto, por pescadores de los de río revuelto, a la búsqueda de carnaza que utilizar para sus libelos. 

Pero dejando a un lado el interesante debate de alianzas electorales del que existen diferentes posiciones, aunque en el reciente II Congreso de UPyD se acordara de forma mayoritaria no realizar coaliciones ni fusiones con otras formaciones, lo que más sorprende de las declaraciones del europarlamentario son las acusaciones y falsedades que ha ido soltando estos días con su aire de excéntrico gentleman, y que vienen a cuestionar su aspecto de inequívoca credibilidad, pues sencillamente no son verdad. Empecemos por el autoritarismo que denuncia, por cierto sin mencionar ejemplo alguno, y que choca de manera directa con el hecho de que él mismo haya “ido por libre” en votaciones clave sin haber sido recriminado, o el hecho de que haya realizado estas declaraciones a través de un medio de comunicación, y no en el órgano interno adecuado, que es el Consejo Político, y del que somos compañeros y en el que nunca le he oído nada en este sentido y ni siquiera mencionar la palabra Ciudadanos. Esto, junto a las acusaciones no demostradas, el frenético despliegue mediático de sus reflexiones (y no de su trabajo parlamentario), y el incondicional apoyo recibido por muchos que lo criticaban hasta ayer, pone de manifiesto la OPA hostil que UPyD está recibiendo estos días, y que alcanza niveles esperpénticos con la incorporación al debate de Alejo Vidal Quadras, que desde el partido VOX estaría dispuesto a sumar “sus 200.000 votos”, como si fueran suyos, en claro desprecio a sus votantes, a su partido, y a la inteligencia de cualquiera. Otra de las falsedades más graves lanzadas por Sosa ha sido afirmar que en la mitad de las Comunidades Autónomas el partido cuenta con gestoras, cuando esto sólo ocurre en una de ellas, Murcia, y por motivos debidamente razonados en poder de todos los afiliados de esta Comunidad Autónoma.

No hay duda de que en muchas ocasiones para insultar no hacen falta palabras malsonantes, sino que en determinados contextos, los silencios, las insinuaciones, o las simples intenciones, constituyen graves ofensas e insultos, pese a que puedan venir disfrazadas de monjita o de Lord inglés.  

En otras formaciones políticas se suele tapar con biombos y el intercambio de cromos este tipo de ‘conflictos’, y el debate acaba con decisiones emanadas de la dirección. En este caso, Rosa Díez, en virtud a la competencia que le confieren los estatutos aprobados por todos, ha convocado una sesión del Consejo Político, que es el órgano adecuado para el intercambio de ideas dentro el partido, aunque algunos prefieran las páginas de El Mundo o las redes sociales para debatir y decidir la cuestión de las posibles alianzas electorales.

El nacimiento de UPyD, como fuerza política revolucionaria e inequívocamente institucional, supuso, y aún supone, un polo de atracción para muchas personas de diferente naturaleza y condición. La novedad de su aparición en un mundo, el político, poco dado al surgimiento de proyectos nacionales de cierta relevancia, supuso el empuje necesario para que mucha gente decidiera su afiliación con objetivos diferentes, desde el ingenuo, pero sano, y utópico deseo de cambiar el mundo, al realista objetivo de condicionar las políticas y mejorar el país o el entorno, hasta razones mezquinas y siniestras, que incluyen desde los intereses puramente personales, las maniobras cercanas al espionaje, o la simple curiosidad. La juventud del partido y su transversalidad, pese a ser dos evidentes virtudes, también permiten que personas de ideas muy distintas, e incluso enfrentadas, convivan en una formación que aún no había definido, hasta la celebración de su I y II Congreso, precisamente esas cuestiones. De ahí que la creación del corpus ideológico haya supuesto un fortalecimiento del partido al tiempo que puede acarrear en ocasiones la pérdida de afiliados que discrepan con cuestiones fundamentales, o por verlo desde un punto de vista más sencillo: algunos no encuentran lo que esperaban y se van, al tiempo que afianza la afiliación de otros muchos, y atrae a nuevos solicitantes. 

Estas cuestiones, lejos de ser inconvenientes para el crecimiento, son importantes filtros naturales que van diseñando y moldeando el partido que se quiere ser, a través de la celebración de congresos, la aprobación de programas electorales, y el trabajo legislativo realizado en las instituciones. Esto, y no otra cosa, es lo que bajo mi punto de vista explica la evolución de afiliados de UPyD, con importante crecimiento en sus primeros años, pasando a un crecimiento mucho más lento y sosegado en sus años posteriores. Por eso, a partir de la madurez alcanzada a través del segundo Congreso de noviembre de 2013 no tienen por qué alarmar las fluctuaciones de afiliación, o incluso su estancamiento, pues responden a otros parámetros diferentes a los votos, o a las ventas de una empresa. Los sarampiones y demás son enfermedades habituales en organismos jóvenes, que lejos de enfermar crónicamente, se ven fortalecidos tras las gripes infantiles. 

La creación del partido y su funcionamiento abierto y participativo ha permitido la entrada de personas, como antes decía, de diferente naturaleza y condición. Morenos y rubios, altos y bajos, carnívoros y vegetarianos, etc., o por entrar en cuestiones más subjetivas, buenos y malos, listos y tontos, o eficientes y haraganes. Negar esto sería tan ingenuo como pensar que en las mejores Universidades del mundo no hay malos estudiantes, o que en los mejores ejércitos no hay soldados cobardes. Por cierto, que esa actitud hipócrita es la que ha llevado a la Iglesia Católica a perder credibilidad, tras negar continuadamente la existencia de casos de pederastia, aunque se haya tratado de enmendar y con acierto posteriormente. Las excepciones no deben, desde luego, manchar a la mayoría de una organización pero en ocasiones es complicado evitar que condicione la imagen proyectada.

En todos los partidos existen potenciales o reales corruptos, y lo que debe juzgarse, más allá de los casos existentes, es la capacidad de las formaciones para evitar la corrupción, y sobre todo, la actitud frente a los casos surgidos. Coincido con Carlos Martínez Gorriarán en que la corrupción política no es únicamente lo susceptible de ser juzgado, sino la mentira para alcanzar objetivos, el incumplimiento de compromisos con la ciudadanía, o la manipulación. Y en eso, nuestra formación, se ha mostrado implacable, y sin titubeos ha habido expulsiones fulminantes, por ejemplo de concejales, cuando éstos han supuesto un fraude a la sociedad.

Esto supone una clara diferencia frente a otros partidos que encubren a sus imputados, e incluso condenados, y tratan de justificar lo injustificable, cuando no premiándolos con puestos de responsabilidad como efectivo método silenciador. De ahí que, pese a que en todos los sitios cuezan habas, como reza este artículo, no en todos se cocinen ni se sirvan de la misma manera.

Al igual que la entrada en instituciones de personas, a priori honorables, puede suponer desagradables sorpresas, también la gestión orgánica puede sufrir estos casos, y en donde en principio puede esperarse un buen trabajo, puede resultar un auténtico desastre. Esto obliga al partido a actuar, como no puede ser de otro modo, en los casos excepcionales correspondientes, del modo escrupuloso que establezcan los estatutos y con el evidente respeto al ordenamiento jurídico, pero con determinación para la resolución de problemas y conflictos, y que excepcionalmente puede tener importantes consecuencias como las sanciones de carácter disciplinario, la disolución de órganos disfuncionales, o la anulación de un proceso electoral interno, como ha ocurrido en Murcia, clara excepción entre los casi 400 procesos de elección interna realizados hasta el momento. Lejos de interpretar estas acciones como reacciones eficaces y honestas, la prensa y los adversarios suelen aderezar estos hechos con tintes apocalípticos que se traduzcan en crisis internas irresolubles, o autoritarismos dictatoriales, cuando en realidad lo importante no está solo en lo que ocurre, sino en qué motivó esas decisiones y cómo se actúa frente a ellas desde la legalidad y la honradez. 

Es humano plantearse la conveniencia política, desde el punto de vista puramente estratégico y electoral, de actuar o no en casos como los citados, en los que las decisiones tienen difíciles consecuencias mediáticas, pero en los que la inacción constituye un auténtico fraude hacia los ciudadanos. De ahí que, volviendo a mi reflexión anterior, no actuar constituiría, esto sí, un claro ejemplo de cobardía, pero sobre todo, de corrupción política.

Por tanto, renunciar a la puesta en marcha de mecanismos internos que corrijan y arreglen la situación, mirando para otro lado, sería un ejercicio de hipocresía y de cinismo al que no estamos dispuestos a llegar ni yo ni la mayoría de afiliados y simpatizantes, cargos públicos y orgánicos, y por tanto, lejos de callar o esconder bajo la alfombra magenta la mierda, y continuar como si no pasara nada, es necesario en ocasiones sacar el carrito de limpieza o la caja de herramientas, y tratar de corregir, en el menor tiempo posible, la incidencia existente, con el objetivo de que continuemos siendo un medio eficaz, y no un fin, para el bienestar y el progreso de la sociedad, pese a que eso suponga la inevitable aparición de titulares periodísticos dañinos. 

Al hilo de esto, acerca de ser un medio, y no un fin, se entiende perfectamente la decisión de UPyD de no concurrir a las elecciones municipales en el mayor número de municipios posibles, sino en aquellos sitios en los que el trabajo realizado atesora una solvencia política beneficiosa para la sociedad. Está claro que el resultado obtenido en las elecciones europeas y los sondeos existentes, apuntan a que de presentar UPyD candidaturas de forma indiscriminada obtendría, posiblemente, miles de concejales en toda España. Pero esto sería una forma de entender los votos y el partido como un fin, y no como un medio, tal y como otras formaciones, a las que se nos quieren emparentar sin pedirnos permiso, hacen sin reparos a lo largo de todo el país.

Si el partido decidiera callar ante un mal funcionamiento en órganos territoriales, presentar listas con objeto de sumar subvenciones, pactar con formaciones de distinto proyecto político, o permitir difamaciones entre compañeros, no solamente se incurriría en graves irresponsabilidades, sino que este partido, sencillamente, dejaría de ser UPyD. Y esto, continuar siendo la herramienta para lo que nació este partido, o dejar de serlo, es lo que está en juego en estos convulsos días. 

Valcárcel, el Mago de Oz

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Los Munchkins eran esos enanitos de Oz que jubilosos recibieron la inesperada llegada de la salvadora Dorothy. Este pueblo confiaba en un misterioso mago que desde su fastuoso palacio imprimía respeto y temor a partes iguales. La realidad de Oz, tras los fuegos de artificio y los efectos de sonido e iluminación, es la de un vulgar mago ambulante que engaña con sus trucos a todo un pueblo y durante un largo periodo, siendo considerado un poderoso mago con sobrenaturales poderes. Como en Oz, en Murcia Valcárcel supo atrincherarse hábilmente tras la cortina – ‘Pay no attention to that man behind the curtain’, dicen en la película – ocultando el fracaso de los trucos, los aeropuertos que no llegan a abrir, las pésimas infraestructuras ferroviarias, los malos indicadores socioeconómicos, los acuerdos en materia hidrológica envenenados, y la ausencia de unos mimbres sobre los que construir la recuperación de esta región.

Pero el verdadero paralelismo se establece en el final de la historia, en el que el ilusionista, subido a su globo despide a los munchkins sin asumir responsabilidad, habiendo sólo reconocido el engaño a unos pocos, mientras el pueblo saluda y jalea al líder que se marcha hacia lejanas tierras con gesto de satisfacción. Los Munchkins lo despiden animosos e ingenuos, mientras que Dorothy, el espantapájaros, el león, y el hombre de hojalata, con semblantes bien distintos a los de la masa, y conocedores del fraude, no aciertan a comprender qué ha pasado realmente.

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