¡Dejen en paz a Murcia!

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Los 20 años de gobierno popular en Murcia, tanto a nivel regional como local, han coincidido con un importante periodo de nuestra historia en el que acabamos de integrarnos a la Unión Europea, cambiamos de moneda, la Comunidad Autónoma asumió las competencias en Sanidad y Educación, y ciertos políticos, embriagados de avaricia, flotaron dentro de una gran burbuja que al explotar nos hizo a todos caer y chocar con extrema violencia contra el suelo, llevándose por delante enormes logros adquiridos de carácter social, y millones de puestos de trabajo.

Los cimientos de la Comunidad Autónoma eran tán débiles, tan de cartón piedra, que cuando la crisis comenzó a azotar el país en el año 2008 nuestra Región no pudo resistir apenas, y en pocos meses alcanzaba cotas de desempleo superiores a las que había cuando el Partido Popular cogió a una débil región en los noventa. Las estadísticas revelan que no existían mimbres para aguantar el chaparrón, como sí lo tenían otras comunidades, sencillamente porque esta Región se construyó sobre modelos coyunturales y de nuevos ricos: la construcción y los sectores derivados. Todo el mundo recuerda a esos jóvenes que abandonaban pronto sus estudios para ganar mucho más dinero que sus propios profesores y padres. Durante esos años nadie del gobierno autonómico hizo nada para corregirlo o evitarlo. Al contrario, se permitía que los ayuntamientos se embarcaran en obras absurdas, y se destinaban más de 50 millones cada año a una televisión autonómica y proyectaba la construcción del tercer aeropuerto en 70 km a la redonda.

A lo largo de esos años, en los que unos responsables políticos amortajaban sin escrúpulos a esta región, pero moviéndole las manos y la boca como buenos ventrílocuos, fueron forjando al tiempo una compleja identidad de ‘murcianía’, a base de tópicos y elementos de carácter folclórico y costumbrista, consiguiendo, con éxito, integrar esa murcianía artificial con su amplia presencia política en todos los ámbitos de la vida social: las fiestas, las asociaciones, los colectivos, e incluso la religión. De ese modo, y con enorme habilidad, cuando alguien osaba criticar proyectos o decisiones de los ‘repartidores de tarjetas de identidad de murcianía’, éstos acusaban inmediatamente al crítico de ‘mal murciano’, o de ‘no querer a Murcia’, y lamentablemente para la Región, pero afortunadamente para sus resultados electorales, este método funcionaba demasiado bien. Incluso mejor que en las regiones más nacionalistas de nuestro país.

Algunos responsables de ese modelo fallido se presentan ahora como bomberos del fuego que ellos mismos han creado, y además, envueltos con la túnica de murcianía huertana. Los murcianos, que son los que sufren las malas políticas, o se benefician de las buenas, no necesitan alardes de murcianía en forma de tópicos como las marineras, el Bando de la Huerta, la Semana Santa, o los limones. Tampoco necesitan peloteos ni arrumacos vacíos, ni elogios más cercanos a la impostura que a la racionalidad. Los murcianos, como personas, necesitan gestores políticos honrados y sensatos, que persigan el progreso de sus vecinos y la mejora de su calidad de vida en todos los sentidos. Entiendo las dificultades de pedir el voto para un partido que con sus decisiones ha producido tanto atraso, y es por ello que sólo apelando a lo emocional engancharán algún voto, y mantendrán la hipnosis de sus incondicionales.

Dejen en paz a Murcia, por favor, y dejen de actuar como aquellos maridos, o esposas, que no paran de decir a sus parejas ‘¡Cuánto te quiero!’, empalagosamente, al tiempo que no trabajan por su felicidad ni mueven un músculo por permitir su crecimiento vital. ‘No me quieran tanto’, diría la pobre Murcia si pudiera.

Foto: Yo mismo, tan murciano como otros, dispuesto a celebrar el Bando de la Huerta.

Reivindico la política

En la antigua Grecia se conocía como ‘idiotas'(ἰδιώτης), a aquellos que no participaban en la vida pública y vivían ensimismados en su propia intimidad, sin preocuparse de los asuntos que nos afectan a todos. Muchos pensadores han usado este recurso para reivindicar la política, como Fernando Savater, que recuerda a aquellos que se desinteresan de la política, y de la elección de los representantes, es decir: de las elecciones, al tiempo que sí les preocupa, como es obvio, cómo son atendidos en los hospitales, qué educación reciben sus hijos, o qué seguridad presenta el barrio donde habitan.

A ninguno se nos escapa que a la hora de comprar, por ejemplo, un coche, o una casa, no solemos comprar el primer coche que encontramos al entrar en un concesionario, sino que es habitual que visitemos más de uno, y que además, probemos en cada uno de ellos aquellos que más se adaptan a lo que estamos buscando, es decir, según nuestros usos y necesidades escogeríamos un vehículo de determinadas características técnicas y estéticas, por qué no. Nadie responsable compraría un vehículo sin conocer si es diésel o gasolina, o el número de asientos que tiene, por muy bella que nos parezca la silueta del automóvil.

Puesto que nos jugamos la vida en la carretera cada vez que circulamos por ellas, lo normal es que si el bolsillo lo permite, también se opte por vehículos que dispongan de buenos sistemas de seguridad ante accidentes, y mucho más si usamos el coche para viajar con pequeños, a los cuales tenemos que adaptar en sillitas especiales según edad y estatura.

A la hora de escoger a nuestros representantes, de votarlos, escogemos a las personas (y a los partidos, según el sistema electoral actual) que decidirán, tal y como Savater explicaba en la cita que expuse al comienzo, cómo se nos atenderá en los hospitales, con qué medios, con qué personal y qué formación tendrá y un largo etcétera. Asuntos, desde luego que afectan a algo tan elemental como es nuestra salud. No creo necesario tener que extender la explicación en torno a qué otras circunstancias de carácter económico, laboral, social, educativo, cultural, etc., dependen de aquellos representantes que escogemos entre todos.

Por otro lado tampoco conozco a nadie que acuda a un concesionario a comprar un coche habiendo sido engañado, estafado, o sencillamente mal atendido, por ese mismo establecimiento poco tiempo atrás, como tampoco conozco a quien de forma responsable compre un vehículo con mala fama o alto índice de siniestrabilidad. O por último, lo compre aún hecho con piezas de segunda mano, de desguace, de vehículos en su mayoría siniestrado, a precio de nuevo, por muy atractiva que sea su carrocería exterior.

Es por todo ello que entra en mi función política la reivindicación de la misma, de su ejercicio, de su presencia en todos los ámbitos de la vida pública y en cada rincón de nuestra sociedad. Entiéndaseme, me refiero a la política como ejercicio de entendimiento y resolución de problemas, no como mera actividad de partidos. Y en esa función política que hoy desarrollo como cargo municipal también cabe espolear a la sociedad y alertarla con objeto de decidir el voto de forma responsable y concienzuda, como si se comprara un vehículo u otro objeto de valor, ¿O no es de valor cómo nos afectarán las decisiones políticas durante 4 años?

Los tan desprestigiados programas electorales, por incumplidos, deben convertirse en los contratos que comprometan a los partidos con la ciudadanía, y deben vincular el proyecto político posterior. Y deben, también, ser importantes herramientas a escrutar por el votante, de cara a descartar, y también seleccionar, aquello que se busca y que desea para su propia vida. También el trabajo, la trayectoria, debe valorarse, como también el perfil personal de cada candidato. La honradez, la honestidad, los valores éticos, deben también ser cuestiones que se consideren eliminatorias en la elección de representantes, así como la coherencia de las formaciones políticas que los representan.

Sólo de este modo, participando activamente en la elección crítica de los representantes tendremos una clase política capacitada y debidamente comprometida. Si votamos, como idiotas, desentendiéndonos de una elección razonada, o no participamos en esa elección, corremos el riesgo de que llegue a decidir por nosotros la mayor mediocridad en el mejor de los casos, o bandas organizadas de cuatreros sin escrúpulos en el peor de ellos, como por otro lado, ya va conociendo este país en algunos puntos de su geografía.

Una Murcia moderna y sin miedo

En ocasiones la actualidad y el día a día nos hace centrarnos en cuestiones concretas, como el tráfico, los presupuestos, un hecho concreto, etc. y perdemos la perspectiva de la situación municipal. Pero no quiero dejar pasar la oportunidad de señalar nuestro diagnóstico sobre una cuestión fundamental en la política: la relación de las instituciones con sus representados, las relaciones humanas. Y precisamente esta cuestión requiere una importante revisión que permita eliminar actitudes y mecanismos que ha implantado el Partido Popular enormemente nocivos para esta sociedad murciana. Y creemos que esto no ha sido nunca lo suficientemente denunciado.
Queremos gobernar, y alcanzar la alcaldía porque queremos una ciudad donde se pueda hablar libremente de política, del voto, de las ideas, y no mirando de reojo, con cautela. ¿A que nadie imagina una ciudad europea moderna en la que sus habitantes temen ser señalados por sus ideas?
Queremos unas ayudas a quien lo necesita, y no a quien da más votos, a quien más beneficio partidista da. El ayuntamiento debe priorizar, no penalizar a unos y beneficiar a otros. Quiero una ciudad moderna, justa, que reparta oportunidades, y no pasteles de carne.
Una ciudad moderna, no rancia y con tufo a alcanfor. Este ayuntamiento mantiene a Murcia en un largo letargo provinciano y decimonónico. Quiero un ayuntamiento que genere confianza y no miedo. Ese es un mérito de este consistorio: infundir temor al que no comulga, al que discrepa. Sorprende la cantidad de gente que teme reivindicar asuntos justos y legítimos por miedo a represalias, a ser señalado, a que su nombre forme parte de las listas negras de pedáneos y concejales. Muchos funcionarios no quieren hablar, muchos vecinos no quieren que nos veamos en el despacho municipal. Asociaciones que no quieren hablar de la situación de un sector por miedo a perder ayudas. Esto existe en este municipio.  En Murcia no se habla de política porque trae problemas, y eso es intolerable. Con piel de cordero el PP ha instalado en muchos sectores y ámbitos de nuestro municipio prácticas más propias de repúblicas bananeras que de una democracia consolidada.
La gente no entra en política por el descrédito de sus responsables, de acuerdo, pero también porque entrar en política trae problemas. Vaya mérito de este gobierno.
Queremos una cultura y unas fiestas atractivas y de todos, no de unos pocos. Aquí se priman determinados festejos. Se invierte MUCHO en fiestas, en petardos y tracas, y poco en cultura de verdad. Pero claro… eso da votos. Hay que reordenar la asignación de presupuestos a las Juntas.
Unas pedanías transparentes y modernas, no feudales. No hay derecho a que muchos pedáneos actúen como sheriffs y no como servidores públicos, para ayudar, servir. El pedáneo es el representante del ayuntamiento en cada pedanía, no un comisario político más cercano a la Rusia comunista o a la España de los 50. Hay lugares de este municipio donde el PP es el Partido de Palermo. ¿Es aceptable que se acometan arreglos o inversiones en pedanías en las calles o tramos que favorecen al amigo o al votante? ¿Es correcto que puedan acometer obras o reparaciones sin dar cuenta y justificación previa?
Al final los murcianos no queremos una revolución que lo ponga todo patas arriba o dinamite el sistema. Los murcianos queremos trabajar y tener prosperidad y tiempo libre para disfrutar de nuestra familia, amigos, y nuestro clima. Algunos han instalado el salario del miedo, silenciando funcionarios, han generado el feudalismo en las pedanías, han cavado zanjas en cada pueblo, en cada barrio, zanjas que indicaban que a un lado estaban los suyos, y al otro los contrarios. El PP ha convertido el ayuntamiento, la casa de todos, en la casa del PP, la política de amiguetes, caciquil y autoritaria.

Por eso ha llegado el momento de cambiar esto de una vez, tras 20 años de gobierno popular, y un gobierno socialista anterior que aplicaba recetas similares de autoritarismo. Es la hora de hacerlo bien.

El falso examen de las elecciones

Es inevitable que en las noches electorales se observen distintas escenas en función de cada partido político. Los hay que festejan los éxitos con aplausos, vítores y champán, y los que lamentan el mal resultado obtenido, pasando por los que apelan siempre a la prudencia y la mesura en claro síntoma de no saber muy bien cómo valorar el porcentaje de voto obtenido.

Es muy fácil caer en el error de establecer un paralelismo entre la prueba de la votación, y la realización de un examen por parte de un estudiante. Generalmente aquel que realiza los deberes, estudia con regularidad, y acude preparado al control suele obtener una buena puntuación salvo excepciones. En todo caso aquel que no prepara el examen y acude a probar suerte sin más tiene todas las papeletas para obtener un pésimo resultado. Digo que es fácil caer en establecer este paralelismo porque aquellos que acuden a la cita de las urnas con los deberes hechos suelen obtener resultados positivos, pero ¿Es siempre esto así? Para nada, o al menos eso creo yo, y me explico.

El resultado de unas elecciones depende de algo tan sencillo como la voluntad de un grupo de ciudadanos de elegir a determinados representantes, y en función a esa voluntad traducida en votos, produce un resultado más o menos condicionado por las fórmulas matemáticas aplicables según la ley electoral correspondiente. Pero ¿Quiere decir eso que aquel partido que más votos ha obtenido ha hecho “mejores deberes”? Pues todo parece que sí siempre y cuando entendamos que los deberes consisten en convencer del voto.

Esa misión de convencer puede basarse en buenas o malas prácticas, pues es bien conocido el ejemplo de alcaldes o presidentes que han obtenido un buen resultado sobre la base de promesas incumplidas posteriormente, o directamente mentiras. ¿Habrá hecho ese político, o su partido, los deberes bien hechos si, por ejemplo, ha obtenido una mayoría absoluta, pero a base de mentir o prometer lo imposible? Es posible que sí haya manejado con habilidad y con conocimiento las técnicas de seducción, convicción, y marketing político, pero sin duda no habrá cumplido con el fin de la política en sí mismo, que es el de participar en los asuntos públicos para mejorar una comunidad de personas.

Por tanto podemos afirmar que aquel que obtiene más votos ha sido el más hábil convenciendo a la gente, aunque también debamos tener en cuenta los medios con los que ha dispuesto: económicos, de militancia, de presencia en medios de comunicación, etc., por lo que tampoco en este sentido es correcto establecer el paralelismo con el examen, pues es como si distintos estudiantes optaran a aprobar el mismo examen disponiendo de distintos minutos para realizar la prueba, distintos manuales de estudio, y cosas por el estilo.

Puedo ahora entrar a la cuestión de fondo. Somos, UPyD, un partido que surgió en un momento muy determinado, adelantándose a una crisis de carácter económico, político e institucional, y argumentando sólidamente las causas que nos empujaban a ella, ofreciendo al tiempo alternativas viables y necesarias. Esto implica no ser un partido que base su trabajo en promesas o pujas de carácter económico, sino que en ocasiones, en muchas ocasiones, el discurso de nuestra formación es incómodo por su realismo. No es cómodo que pidamos la fusión municipal de municipios pequeños en esos mismos municipios pequeños, o que propongamos la supresión de diputaciones en distintas provincias españolas, o la retirada de los privilegios fiscales vascos y navarros en esas mismas comunidades.

¿Debemos esperar, por tanto, que nuestro mensaje se traduzca en un crecimiento de votos similar al de formaciones que prometen, por ejemplo, rentas básicas universales, o el mantenimiento de privilegios nacionalistas en regiones concretas? Es evidente que no, por lo que la peculiaridad de nuestro mensaje y trabajo tiene como resultado inherente que las “noches electorales” precisen de análisis diferentes y sosegados, sin caer en el sencillo: hemos sacado muchos votos porque hemos hecho los deberes, o el opuesto: al no haber hecho bien el trabajo previo hemos fracasado.

El votante no valora, desgraciadamente, únicamente el trabajo, sino que el voto es el fruto de un proceso de carácter emocional, psicológico, más parecido al de una compra que al trabajo de un tribunal calificador.

A mí me produce cierta desazón que partidos sin trabajo previo, sin actividad política, sin presencia, y en definitiva, sin “deberes hechos”, puedan obtener resultados electorales importantes, como también me lo produce que mensajes populistas y simples calen en sectores de la población necesitados precisamente de esas propuestas, aunque sean éstas de imposible realización o de funestas consecuencias. Pero eso no debe hacernos cambiar nuestra forma de trabajar, ni debemos competir con esas herramientas.

En conclusión, debemos, como partidos y como políticos, analizar constantemente nuestro trabajo y método, tratando de mejorar para conseguir llegar a más gente y mejor, convenciendo con nuestro mensaje, pero sin dejar de ser fieles a nuestra forma de hacer política, honesta y leal, aunque eso suponga, para algunos “sacar malas notas” en los exámenes. En sus exámenes, claro.

Transparencia

Mi vida laboral. Hasta agosto de 2013 (último certificado del que dispongo), tenía cotizados en total de 9 años y 10 meses. Por lo que a fecha de hoy son unos 11 años y 1 mes de cotización a la Seguridad Social.

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Aquí las cotizaciones a la SS, a cargo del Ayuntamiento de Murcia, a lo largo del año 2012

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Y mi ultima nómina municipal, la del mes de septiembre de 2014, es de un total de 2451€ netos, de los cuales aporto una cantidad en concepto de donación a mi partido.

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Presentación de mi candidatura en las primarias de UPyD en Murcia

Hola, soy Rubén Juan Serna, actual portavoz de Unión Progreso y Democracia en el Ayuntamiento de Murcia, responsabilidad que he desempeñado durante los últimos tres años y medio.

Licenciado en Historia del Arte y en Periodismo, estoy habilitado como Guía Oficial de Turismo de la Región de Murcia bilingüe (inglés), poseo el Diploma de Estudios Avanzados en Didáctica de las Ciencias Sociales y soy profesor de Secundaria en la especialidad de Geografía e Historia.

Presento mi candidatura a la reelección como cabeza de lista al Ayuntamiento de Murcia, séptimo municipio de España por población, con el objetivo de continuar durante la próxima legislatura el trabajo emprendido en 2011, porque estoy seguro que Unión Progreso y Democracia será decisiva en las próximas elecciones municipales.

Esto es mérito de las propuestas y del trabajo de mi compañero durante este tiempo, José Antonio Sotomayor, y de todos aquellos que habéis
colaborado en mayor o menor medida con las iniciativas y difusión de nuestro grupo.

Sumado a vuestra ayuda, UPyD debe ser capaz de atajar de raíz los problemas que sufre el municipio, que provienen en gran medida de la forma de hacer política del gobierno municipal durante estos últimos 20 años de mayoría absoluta.

En 2015 podéis estar seguros que la pérdida de la mayoría absoluta del Partido Popular a nivel municipal, supondrá un escenario de cambio que no se producía en Murcia desde 1995 y una oportunidad única de regeneración social e institucional.

Esta situación me empuja aún más si cabe a seguir trabajando y preparándome para cumplir con la obligación que vosotros, los afiliados, y por extensión, todos los ciudadanos de Murcia, van a exigirme si cuento con vuestro apoyo para encabezar la lista de nuestro partido, y al conjunto del equipo que esté presente en el Ayuntamiento.

Desde aquí quiero hacer un llamamiento a todos vosotros para que os suméis a este proyecto clave para llevar a cabo las reformas políticas que necesitan con urgencia tanto el municipio como la Región de Murcia.

La confianza depositada por los ciudadanos en nosotros en las elecciones de 2011 debe servir de base para consolidar y culminar el crecimiento tanto cuantitativo como cualitativo de UPyD. Nacimos para cambiar la forma de hacer política, no para negociar sillones ni cargos, y eso es lo que haré si depositáis vuestra confianza y vuestro voto en mi candidatura.

Murcia precisa ahora de fuerzas políticas y líderes capaces de cambiar la situación desde la coherencia, la honradez y el trabajo. Estas tres virtudes han sido bandera de la labor de UPyD en el Ayuntamiento estos años y deben seguir siéndolo. Como todos sabéis, en UPyD somos lo que hacemos. Hemos conseguido, todos, hacer de UPyD una fuerza respetada y seria, tanto por los ciudadanos y la sociedad civil como por el resto de partidos y los medios de comunicación.

Esta reputación es el fruto del trabajo diario, de las propuestas, de las posiciones políticas, del diálogo conciliador y también de la firmeza cuando haya correspondido. Podemos decir con orgullo a toda la afiliación de nuestra localidad que nuestro partido ha logrado una buena consideración en la sociedad de la capital de la Región.

Un partido insobornable, eminentemente institucional y preparado para los retos del futuro. El tablero resultante de las próximas elecciones permitirá a UPyD ejercer un papel más influyente e incluso decisivo en la política municipal. Este nuevo horizonte precisa de políticas serias, profundas, sensatas, y alejadas del populismo fácil; honradas e íntegras, y blindadas ante las persuasiones y presiones externas. Somos incómodos por el trabajo realizado y por el que realizaremos en el futuro.

Esta candidatura que presento, y para la que os pido que renovéis vuestra confianza con vuestro voto, es garantía de estos valores y principios que he señalado. Sabéis que hemos cumplido y os hemos representado, y queremos seguir haciéndolo.

A propósito de los imputados

(Artículo publicado en el diario La Verdad el 20 de noviembre de 2014)

Existe una única diferencia entre aquellos que piensan que los imputados por delitos de corrupción deben apartarse de sus cargos públicos, y aquellos que apelan a la presunción de inocencia para mantenerse en ellos: el concepto que se tenga de servicio público.

La política debe entenderse como una actividad, una dedicación, y no como un empleo. Uno de los riesgos de ejercer un cargo público en la Administración es adaptarse a su funcionamiento, a sus características, en un nocivo proceso de ‘funcionarización’. Es decir, cuando el político entiende la función como puesto de trabajo, mimetizándose con el funcionario, asumiendo de manera inconsciente los modos, maneras y pensamiento de éste.

Para evitar esto, los políticos deberíamos repetirnos cada día, frente al espejo, para qué estamos en política y por qué, para tener muy presente que nuestra posición es pasajera, y que depende de la voluntad ciudadana y no de la nuestra.

Está claro que para reforzar la honestidad con la que debe hacerse ese ejercicio es conveniente, aunque no imprescindible, que el político no tenga una dependencia vital y económica con la remuneración obtenida en su cargo, porque de no ser así se agarrará al sillón que ocupa como medio de supervivencia primitivo. E igualmente se debe recelar de aquellos jóvenes que puentean el mercado laboral saltando con pértiga de la Universidad al cargo público, sin experiencia laboral alguna.

En el Antiguo Régimen, allí donde un estamento privilegiado gozaba de ventajas frente a un Tercer Estado de silentes trabajadores y parias, no cabía el pasar de un estamento a otro salvo accidentales ocasiones. El noble no dejaba de serlo, ni el campesino podía, al menos hasta la puesta en práctica de revolucionarias ideas ilustradas, formar parte de las decisiones públicas.

Hoy en día nuestra sociedad permite la participación en política de todos, lo cual es inseparable de que todo aquel que participa en ella también puede volver a la vida civil y “llana”. La negativa de muchos imputados en delitos de corrupción de apartarse temporalmente de sus funciones políticas denota el concepto de “clase” al que creen pertenecer una vez jurado el cargo, y ven indignante que se reclame desde una renovada sala del Juego de Pelota su dimisión.

Hay distintos grados de sospecha sobre un imputado: la investigación, la imputación, la apertura de juicio, la acusación y un largo etcétera. Sin ser jurista, pero sí político, la sospecha sobre un servidor público de haber actuado de forma ilegal, beneficiándose a sí mismo o a terceros, debe llevar aparejada la separación, voluntaria o preceptiva, hasta que sea aclarada la situación.

Sin necesidad de mencionar delitos ominosos contra la infancia, los ancianos, o determinados colectivos, todos entendemos necesario apartar al sospechoso del objeto del delito durante la sospecha. Salvemos las distancias, pero hagamos igual con nuestro dinero, nuestros servicios públicos, y no permitamos que lo maneje quien tenga sobre sí la duda. Presunción de inocencia siempre, pero desde fuera de las instituciones. El daño de mantener a un corrupto, de ser cierto el delito, es mayor que apartar discretamente a un servidor inocente.