PATRIMONIO COMÚN

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Acostumbramos a relacionar patrimonio con bienes artísticos, salvo cuando se habla de propiedades, donde la definición adquiere su carácter económico y material. Pero en realidad existen muchos patrimonios más, no tangibles como los citados, sino inmateriales. En cuanto a nuestro patrimonio personal lo tenemos más o menos claro: lo mío es mío y hago con ello lo que quiero. El Derecho Civil nos ampara a la hora de defender nuestro patrimonio y el dueño del mismo es el que decide cómo gestionarlo, aunque en ocasiones sea cediéndolo a terceros para que lo hagan por uno mismo. La indivisibilidad del patrimonio viene dada por la individualidad del ser humano y el patrimonio como emanación de ella, por lo que a una persona, un sólo patrimonio.

Pero existen otros patrimonios, igualmente indivisibles, pero de muchos más propietarios legítimos. A miles de millones de personas: un sólo patrimonio. Hablo de aquello que nos viene dado por el mero hecho de haber nacido y ser personas: lo común.

En lo común está el aire que respiramos, la luz del sol, la lengua que hablamos, el frío, la lluvia, el mar, la ciencia, el arte, etc. A priori nadie tiene desfachatez suficiente como para alzarse en único poseedor de la luz del sol, o del aire, pero en ocasiones asistimos a disparates tan grandes como las regiones que consideran propio el agua que pasa por sus tierras. El mundo, que es la empresa con mayor rotación de personal posible, hace que los que ayer estaban ya no estén, que los que hoy están mañana tampoco estén, y que los que no estábamos ayer hoy estemos y mañana ya no. En todo este trajín de cambios de personal, el poder de gestionar el patrimonio común es tan efímero que debería asustar tenerlo, pero no parece que a los políticos les asuste, sino todo lo contrario: lo banalizan. Y pasan de ser unos “elegidos” para gestionar, a ser unos políticos que juegan a ser dioses. No me refiero en este artículo a aquellos que utilizan el poder de gestionar para llenarse los bolsillos, sino a todos aquellos que olvidan que el mundo que encontramos al nacer y nos es dado al alcanzar el uso de razón, es cómo es por cómo lo dejaron los anteriores y será cómo será por cómo lo dejaremos los que estamos.

Los ciudadanos encontramos dificultados para pararnos a pensar que los montes, las playas, los campos, los cultivos, la flora y fauna, y un largo etcétera están siendo gestionados por gente a la que en ocasiones le importa un pimiento en qué estado se encontrarán cuando den el relevo del poder de gestión a las siguientes generaciones, y que durante tan sólo unos años, generalmente cuatro y renovables, tienen la capacidad de joder lo que tantos y tantos siglos se ha mantenido. Las leyes se votan, se cambian, se enmiendan, pero el patrimonio intangible o se cuida o no, no caben enmiendas ni cambios: o se protege o se destruye. No caeré en el tópico fácil, pero real, de recurrir a nuestros hijos y nietos, pero sí en el resto de miles de millones de seres humanos que vienen irremisiblemente por detrás nuestro, en caravana y apretando el cláxon, que conocerán un mundo diferente al nuestro, pero que dependerá de nosotros en qué medida lo sea.