EL LEOPARDO Y LA GACELA THOMSON

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El Leopardo pace tranquilo por las sabanas no arboladas de Tanzania. Cuando algún ruído interrumpe su descanso el leopardo reacciona de tres maneras posibles. La primera de ellas, merecedora de un premio Max, consiste en mostrar sus dientes e hincharse, aparentando ser más grande y poderoso de lo que realmente es. La segunda opción es la silenciosa y prudente huída. Por último, en ocasiones aquello que quebranta su paz no supone una amenaza por lo que la indiferencia es la respuesta natural del felino, que continúa su descanso sin prestar atención alguna al allanador de su territorio.

  • En estas últimas semanas afiliados de UPyD han solicitado formalmente a TVE una respuesta en relación a la ausencia de Rosa Díez en la emisión del programa “Tengo una pregunta para usted”. La respuesta, tan incoherente como insuficiente, retrata la subjetividad de los responsables de la Televisión pública. Enlace aquí.
  • El diario digital “El Plural.com” coloca en titulares noticias relacionadas con Unión Progreso y Democracia, con la única intención de confundir a los lectores, haciendo un cuestionable uso de su labor de “informar”. Enlace aquí.
  • La inmensa mayoría de los medios de comunicación, en el panorama nacional, hacen el vacío al partido UPyD, no incluyendo las noticias relacionadas con sus actividades e iniciativas, en sus rotativos, programaciones y Webs.

Los leopardos, esta vez, ante la lícita y legítima aparición de unas sencillas gacelas Thomson en su territorio, se yerguen asustados, y mientras que algunos huyen alertando al resto de animales, otros sacan los dientes, y otros se mantienen impávidos y temerosos, agazapados tras un arbusto, esperando que, igual que las gacelas llegaron, se vayan, y no porque las gacelas supongan una amenaza mortal para los leopardos, si no porque en ellas ven a monstruos sanguinarios, y temen que, las pacíficas gacelas pasten tranquilamente en los territorios donde los leopardos han mantenido durante tantos años, a base de gruñido y colmillo, su estatus.

PATRIMONIO COMÚN

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Acostumbramos a relacionar patrimonio con bienes artísticos, salvo cuando se habla de propiedades, donde la definición adquiere su carácter económico y material. Pero en realidad existen muchos patrimonios más, no tangibles como los citados, sino inmateriales. En cuanto a nuestro patrimonio personal lo tenemos más o menos claro: lo mío es mío y hago con ello lo que quiero. El Derecho Civil nos ampara a la hora de defender nuestro patrimonio y el dueño del mismo es el que decide cómo gestionarlo, aunque en ocasiones sea cediéndolo a terceros para que lo hagan por uno mismo. La indivisibilidad del patrimonio viene dada por la individualidad del ser humano y el patrimonio como emanación de ella, por lo que a una persona, un sólo patrimonio.

Pero existen otros patrimonios, igualmente indivisibles, pero de muchos más propietarios legítimos. A miles de millones de personas: un sólo patrimonio. Hablo de aquello que nos viene dado por el mero hecho de haber nacido y ser personas: lo común.

En lo común está el aire que respiramos, la luz del sol, la lengua que hablamos, el frío, la lluvia, el mar, la ciencia, el arte, etc. A priori nadie tiene desfachatez suficiente como para alzarse en único poseedor de la luz del sol, o del aire, pero en ocasiones asistimos a disparates tan grandes como las regiones que consideran propio el agua que pasa por sus tierras. El mundo, que es la empresa con mayor rotación de personal posible, hace que los que ayer estaban ya no estén, que los que hoy están mañana tampoco estén, y que los que no estábamos ayer hoy estemos y mañana ya no. En todo este trajín de cambios de personal, el poder de gestionar el patrimonio común es tan efímero que debería asustar tenerlo, pero no parece que a los políticos les asuste, sino todo lo contrario: lo banalizan. Y pasan de ser unos “elegidos” para gestionar, a ser unos políticos que juegan a ser dioses. No me refiero en este artículo a aquellos que utilizan el poder de gestionar para llenarse los bolsillos, sino a todos aquellos que olvidan que el mundo que encontramos al nacer y nos es dado al alcanzar el uso de razón, es cómo es por cómo lo dejaron los anteriores y será cómo será por cómo lo dejaremos los que estamos.

Los ciudadanos encontramos dificultados para pararnos a pensar que los montes, las playas, los campos, los cultivos, la flora y fauna, y un largo etcétera están siendo gestionados por gente a la que en ocasiones le importa un pimiento en qué estado se encontrarán cuando den el relevo del poder de gestión a las siguientes generaciones, y que durante tan sólo unos años, generalmente cuatro y renovables, tienen la capacidad de joder lo que tantos y tantos siglos se ha mantenido. Las leyes se votan, se cambian, se enmiendan, pero el patrimonio intangible o se cuida o no, no caben enmiendas ni cambios: o se protege o se destruye. No caeré en el tópico fácil, pero real, de recurrir a nuestros hijos y nietos, pero sí en el resto de miles de millones de seres humanos que vienen irremisiblemente por detrás nuestro, en caravana y apretando el cláxon, que conocerán un mundo diferente al nuestro, pero que dependerá de nosotros en qué medida lo sea.

PASIÓN POLÍTICA

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“No es obligatorio votar o PP o PSOE”

Fernando Iwasaki, ABC 4-4-09

Esta oración enunciativa, tan sencilla a simple vista, esconde uno de los misterios más oscuros de la política española. No es sólo difícil de creer sino que resulta difícil de escuchar. A mí me deja perplejo que si cada persona tiene su forma de pensar y de ver la vida, la identificación política con los programas de los grandes partidos encaje de forma exacta como fichas de Tetris. Todo esto me recuerda a aquella pregunta que me hacían los amigos de mi padre cuando yo era pequeño: “¿Eres del Barça o del Madrid?” Pues no, mire usted, soy del Atleti.

Por el contrario, y aquí es donde está la gravedad del asunto, las filiaciones políticas (que no afiliaciones) nada tendrían que ver, o al menos así debería ser, con lo pasional, a lo que sí pertenece la afición futbolística. Por norma general el niño se hace (que no nace) del Madrid o del Barça por imitación a la figura paterna (o por simple atracción hacia los colores de la camiseta, lo que demuestra el carácter primario de esta relación) y encuentra una manera de identificarse con una camiseta, un escudo y unos futbolistas, sin conocer ni lo más mínimo en qué punto del mapa se encuentra la ciudad a la que pertenece su admirado equipo, ni las connotaciones sociales o políticas que conlleva ser hincha del mismo. Con el paso de los años, el ya muchacho, comienza a conocer información relativa a su equipo y, mientras que su amor por sus colores no sólo no disminuye sino que aumenta, se separa por dos caminos diferentes lo pasional de lo racional. Sería absurdo afirmar que un aficionado al Barça lo es también del Espanyol por pertenecer a la misma ciudad, o que un acérrimo atlético lo sea también del Sporting porque lo que le gusta son los colores de la equipación.

Este aficionado, a lo largo de su vida, vivirá situaciones paradójicas como la de amar a su equipo pero al mismo tiempo discrepar de la gestión deportiva del club y de sus dirigentes. Sin embargo, seguirá cantando desde la grada animando a sus jugadores mientras mira con recelo al palco directivo e incluso al banquillo. Este aficionado lo que desea es ver ganar a su equipo, celebrar sus goles, y todo lo demás pasa a un segundo plano.

Si trasladamos esto a la política española, y no resulta difícil hacerlo, nos encontramos con la desoladora situación de o el  Barça o el Madrid, pero con las siglas de PP y PSOE. La pasión sigue moviendo al ciudadano, que se resiste a convencerse de que no es obligatorio votar al uno o al otro, sin asumir que la vida política, la gestión de nuestra vida en sociedad, la planificación (y no lo olvidemos, herencia de futuras generaciones) no pertenece al campo de la emoción o de la pasión, sino de la razón, la reflexión y la praxis. Aclaro que no es necesario  que un votante porte una bufanda y una bandera con los colores del partido para poder decir que se deja llevar por la pasión, sino que en la mayoría de las ocasiones votar a quién se quiere votar pero sin querer lo que se vota, es pura pasión y visceralidad. Aunque debajo subyazca la inercia, el miedo y el conformismo.